Venga que lo rompemos todo. Ya estamos rozando horas típicas de aplastar la oreja contra el sofá, mientras leemos el diario de Patricia A. de estas 24 horas cargadas de pura cafeína del mismísimo Juan Valdés. Intentaré, tras la sobredosis de altas concentraciones de alcaloides de la familia metilxantina -ahora entiendo porque entran tantos yonkis viciosos al blog-, controlar la productividad, a razón de la velocidad rítmica de mi pulso. Los resultados, a parte de impredecibles por mucho que diga mi mamá la frase “te va a dar un yuyu que no vas a saber ni dooonde tas metío“, rozan una nueva dimensión, desconocida, a caballo entre la 4º del doctor Who y la 6º justo antes de alcanzar la famosa velocidad absurda.
Moraleja de hoy niños: pedid siempre descafeinados
Dentro de una hora -como algún que otro Lunes-, madrugo y no he dormido mucho, nadando entre líneas de código, levantándome de asientos contables, y tomando una birra con mi incomprendido amigo Fourier. Últimamente vivo la noche, y duermo -cuando puedo-, las mañanas, cuando empiezan a trinar los pájaros y los niños disfrutan de su recreo a grito pelao, pero no me importa. Aún me sorprende que aguante este ritmo loco, al que mi madre define como poco sano y descontrolado. La verdad, no me duele estar de noche, siempre y cuando vea la luz del día. No soy un vampiro por mucho que me guste la sangre, pero, si de 24 horas, puedo montarme en 18, me basta y me sirve, oiga. Lástima que esto no pueda hacerlo eternamente, el seleccionar las horas que quisiera para vivir. Al igual que Fourier, soy otro incomprendido, que se harta de rutinas, de costumbres y de sinsabores, pero que defiende la libertad de hacer lo que le venga en gana, cuando le venga en gana, sobre la hora cercana a las 6 de la mañana.
Horas pasando a compás de tres, bar tras bar nos han visto esta noche decaer. Picar a la puerta del primer banco y salir corriendo al segundo gran charco a dar de comer a los patos, que volarán tan ponto como puedan, como el dinero que nos acompañaba. Otro cristal vacío de color sobre madera horizontal, mas las luces no paran de girar a compás de la música de la trastienda de un tugurio aleatorio dirigido por una mente irregular.
Hay ruido, pero serenidad; la rapidez son líneas en mis ojos -rojos- que se pintan nada rápido, y la felicidad está encerrada en el fondo de la botella de ron que no puedo alcanzar desde el banco, sentado y vomitando.
Y mañana a retorcerse en una cama posiblemente desconocida, maldiciendo la bebida, planeando abstenerme de por vida y sabiendo que será un fracaso y el mismo fin de semana se repetirá en bucle acabando en tragicomedia ya leída.
Porque cuando un amigo lo pasa mal, tú lo pasas mal. Si a eso le sumas cientos de kilómetros de distancia y que es uno de los mejores amigos que nunca has tenido, la cosa empeora.
Hay personas que las conoces desde siempre, has cogido confianza con el tiempo y ya son parte de tus recuerdos. Hay otras personas que conoces de casualidad, se cruzan en tu vida y sorprendentemente en unos meses se convierten en tu día a día.
Amigos hay muchos, y tengo la suerte de que los míos no se cuentan con números de 3 ni 4 cifras; amigos en los que confiar plenamente, que sabes que harían todo por ti y más, pocos. Por eso cuando uno de ellos no pasa por un buen momento, su malestar se contagia.
Como la inocencia perdida de un corazón de niño engarzado a un engendro metálico, el vagar de mis sueños se hace pesadumbre. El horizonte ya no es una línea más que contemplar, sino un enemigo a abatir.
Ni el peor de mis recuerdos ni la mejor de mis pesadillas desfiguraban un presente tan cargado de violencia estática. La verdad es que me dejé llevar por las insinuaciones azarosas del caótico destino y salí perdiendo. Se dibujaron sombras a trasluz de mi camino y yo las arrastré bajo el lucero del alba como parte de mis trofeos; qué equivocado estaba. El problema de la indecisión es no saber decidirse ¿o no? . Pues teniendo las cosas claras el problema es dejarse llevar por el viento de poniente, y mira que a mi lo que me hace sonreír es el cierzo.
La verdad es que me cuesta pensar en lo que voy a decir pero no en lo que voy a escribir. A veces las teclas se encadenan y dan lugar a ensayos aleatorios; y mientras tanto me río de mi llanto. Tú me ves triste, yo me veo genial; tú te lamentas, yo me río de ti.
Esta obra se encuentra bajo una licencia CreativeCommons Reconocimiento - Sin obras derivadas 3.0. Es decir, tienes que citarnos y enlazarnos, si quieres usar cualquier obra creada por nosotros. No podrás modificar dicha obras.
Los últimos comentarios