Eran las nueve de la mañana. Los cristales de la ventana se secaban las últimas lágrimas, recuerdos de toda una noche de lluvia. Un eco lejano retumbaba en mis oídos, dejando distinguir alguna palabra de Aristóteles o su maestro Platón y su manera de ver el mundo. Todos a mi lado parecían atender. Todos excepto el chico de negro.
Se sentaba en la tercera fila, apoyado en un radiador que agonizaba por mantener el aula a una temperatura habitable en pleno invierno. Lo miraba, se pasaba horas escribiendo en un pequeño cuaderno que guardaba con recelo. Hoy estaba solo; la chica rubia que solía sentarse a su lado había faltado a clase durante toda la mañana.
Me acerqué a ver. Pude echar un vistazo rápido a la hoja que estaba escribiendo, antes de que lo cerrase con violencia y me dedicase una mirada de frío odio. Recuedo las palabras escritas en negro: “Eran las nueve de la mañana…”





24 de Noviembre de 2007 a las 4:11
Jamás una imagen dio para tan bellas palabras. Silencio.