Se nos van llendo las voces del pop, tanto a nivel nacional, con Antonio Vega, como a escala mundial, con el señor Jackson. Ambos, con una gran trayectoria musical y de reconocido exito. Ambos con su breve estancia entre nosotros de medio siglo. Ambos con proyectos y conciertos previstos para un futuro, pero que se los han llevado antes de llevarlos a cabo. Y por supuesto, ambos con un gran corazón, dejando a lado controversias y amarillismos pastosos de la prensa multicolor.
Si tuviese que elegir algo a destacar de cada uno, sin duda diría que de vega me quedo con una frase suya que me llega y me congela. Decía así “Recordadme como un ser humano del montón”, mientras que de Michael me quedo con su gran caridad con sus numerosas donaciones a diferentes causas. A ambos se os recordará, reyes del pop.
Selecciono estos dos directos, de mis canciones favoritas. A los dos os tuve tan cerca…
Tras haber dejado el café por prescripción médica -mi doctor me quiere joder vivo-, y tras visitar hoy Guguel -otro que me quiere putear con su tema diario “Primer día de verano 2009“- me veo en la inevitable opción de cerrar puertas y ventanas -¡gracias!, queridas fiestas de mi barrio- y de colgar una corbata en el pestillo de mi puerta para evitar que mis pocas ganas de seguir chapando se esfumen por alguna rendija entre interrupción e interrupción.
Esto da miedo. Pensar que ahora soy yo el vecino cabreado que desde su balcón, se caga en los chavales del botellón y en la madre que los parió, mientras que suelto de vez en cuando por la ventana un “quiero estudiar, quiero estudiar, voy a llamar a la policía, quiero estudiaaaaaar“. Esperemos que esto tercie en unas semanitas.
Aunque el cambio no me quitará ni las ganas de seguir soñando la noche a mi manera, prefiriendo soñar despierto, que vivir dormido. Cuantas veces me habré despertado inmóvil en la noche, incapaz de mover ni un sólo ápice de mi cuerpo, con el temor de que fuese todo tan real, hasta descubrir, que todo es simplemente otro sueño más. Quedo clausurada la trilogía de El | señor | de los | estudios |. Gracias a todos los que han soportado mis desvaríos, y que comentaron.
Venga que lo rompemos todo. Ya estamos rozando horas típicas de aplastar la oreja contra el sofá, mientras leemos el diario de Patricia A. de estas 24 horas cargadas de pura cafeína del mismísimo Juan Valdés. Intentaré, tras la sobredosis de altas concentraciones de alcaloides de la familia metilxantina -ahora entiendo porque entran tantos yonkis viciosos al blog-, controlar la productividad, a razón de la velocidad rítmica de mi pulso. Los resultados, a parte de impredecibles por mucho que diga mi mamá la frase “te va a dar un yuyu que no vas a saber ni dooonde tas metío“, rozan una nueva dimensión, desconocida, a caballo entre la 4º del doctor Who y la 6º justo antes de alcanzar la famosa velocidad absurda.
Moraleja de hoy niños: pedid siempre descafeinados
Dentro de una hora -como algún que otro Lunes-, madrugo y no he dormido mucho, nadando entre líneas de código, levantándome de asientos contables, y tomando una birra con mi incomprendido amigo Fourier. Últimamente vivo la noche, y duermo -cuando puedo-, las mañanas, cuando empiezan a trinar los pájaros y los niños disfrutan de su recreo a grito pelao, pero no me importa. Aún me sorprende que aguante este ritmo loco, al que mi madre define como poco sano y descontrolado. La verdad, no me duele estar de noche, siempre y cuando vea la luz del día. No soy un vampiro por mucho que me guste la sangre, pero, si de 24 horas, puedo montarme en 18, me basta y me sirve, oiga. Lástima que esto no pueda hacerlo eternamente, el seleccionar las horas que quisiera para vivir. Al igual que Fourier, soy otro incomprendido, que se harta de rutinas, de costumbres y de sinsabores, pero que defiende la libertad de hacer lo que le venga en gana, cuando le venga en gana, sobre la hora cercana a las 6 de la mañana.
Horas pasando a compás de tres, bar tras bar nos han visto esta noche decaer. Picar a la puerta del primer banco y salir corriendo al segundo gran charco a dar de comer a los patos, que volarán tan ponto como puedan, como el dinero que nos acompañaba. Otro cristal vacío de color sobre madera horizontal, mas las luces no paran de girar a compás de la música de la trastienda de un tugurio aleatorio dirigido por una mente irregular.
Hay ruido, pero serenidad; la rapidez son líneas en mis ojos -rojos- que se pintan nada rápido, y la felicidad está encerrada en el fondo de la botella de ron que no puedo alcanzar desde el banco, sentado y vomitando.
Y mañana a retorcerse en una cama posiblemente desconocida, maldiciendo la bebida, planeando abstenerme de por vida y sabiendo que será un fracaso y el mismo fin de semana se repetirá en bucle acabando en tragicomedia ya leída.
Porque cuando un amigo lo pasa mal, tú lo pasas mal. Si a eso le sumas cientos de kilómetros de distancia y que es uno de los mejores amigos que nunca has tenido, la cosa empeora.
Hay personas que las conoces desde siempre, has cogido confianza con el tiempo y ya son parte de tus recuerdos. Hay otras personas que conoces de casualidad, se cruzan en tu vida y sorprendentemente en unos meses se convierten en tu día a día.
Amigos hay muchos, y tengo la suerte de que los míos no se cuentan con números de 3 ni 4 cifras; amigos en los que confiar plenamente, que sabes que harían todo por ti y más, pocos. Por eso cuando uno de ellos no pasa por un buen momento, su malestar se contagia.
Esta obra se encuentra bajo una licencia CreativeCommons Reconocimiento - Sin obras derivadas 3.0. Es decir, tienes que citarnos y enlazarnos, si quieres usar cualquier obra creada por nosotros. No podrás modificar dicha obras.
Los últimos comentarios